experiencias_de_un_ebiker_cap1
07 Mar

Soy Eddy Voltiox

¿Una bici eléctrica? ¡Eso es para inútiles! Le espeté a mi amigo Vicente Bielas cuando me sugirió que me podría venir bien hacerme con una bicicleta eléctrica.

No sé si lo decía por mi bien o porque Vicente, y todo el resto de la grupetta ya estaba harto de que les hiciera esperar en cada cuesta. Ya no hablo de puertos. Ahí era ya una tortura. Lo cierto es que los últimos años habían sido complicados laboralmente y mi continuidad en los entrenamientos había desaparecido y, con ello, también mi motivación y mi forma física.

Así que, el bueno de Vicente, probablemente desesperado, me estaba haciendo plantearme el cambiar de bicicleta y pasar a ser ebiker. Me parecía un disparate. Yo, que había hecho innumerables marchas y era un gallo del pelotón… Me dolía el comentario. Mucho. Era humillante, pero la pura realidad. Pero por otro lado estaba la posibilidad de no dejar de salir con el grupo y no hacerles esperar. Eso estaba muy bien. Tocaba tomar una decisión.

Me llevó días… y noches. Mirar revistas, hablar con gente que ya tenía bicicleta eléctrica, pensar en cómo se tomarían mi nueva máquina mis amigos y el cachondeo que iba a tener que soportar… Pero al final me decidí. Pasé a ser un ebiker.

Mi nombre es Eddy Voltiox y para los que queráis conocer mis experiencias y sensaciones en la bici eléctrica, pienso escribir un capítulo cada dos semanas donde dejaré en blanco sobre negro mis impresiones sobre esta nueva etapa ciclista que comienzo. Así que allá voy.
Lo primero que hice fue, por supuesto, hacerme con una bicicleta eléctrica. Opté por un modelo tipo trekking, con cuadro preparado y específico para albergar motor central y batería. Mi intención era que la bicicleta tuviera guardabarros y parrilla, pero que se los pudiera quitar y así se convirtiera más o menos en una bicicleta de carretera, aunque con manillar plano.

Así lo hice y, tras leerme las instrucciones de funcionamiento y cargar la batería a tope, tocaba salir con la bici por primera vez. Fue un viernes por la tarde. El sábado tocaba salida con la grupetta y había que tener todo ensayado. Perfecto. Así que, vestido de “romano” me subí a la bici y empecé a dar a los pedales. Fue impresionante. Nada más darle al botón de nivel de asistencia, empezó a ayudar. Me gustó. Fui a buscar un puerto. Nada más empezar a subir ya veía que con darle un poco a la ayuda iba a ser suficiente. Porque tampoco era cuestión de abusar de la asistencia. ¡Qué bueno! Subí fácil, dando bien a los pedales, pero con la sensación de que alguien me iba ayudando un poco. Esfuerzo controlado. Disfrute sin sufrimiento extremo. Al día siguiente cita con la grupetta.

Me desperté algo nervioso. ¿Durará la batería? ¿Irá bien y sin problemas? Me preparo, desayuno y a la carretera. Llego un poco antes de la hora y todavía hay poca gente.
“¿Qué es eso?”, “¿una moto?”, “¡eso es el doping mecánico! Jajaja”, “¡j…r Eddy, nos vas a matar!”, son los comentarios más habituales. Tras la tempestad llega la calma y la expectación, “¿eso es la batería?”, “¿cómo funciona?”, “¿dónde está el acelerador?”. Eso todavía me pone más nervioso. Lo único que falta es que ahora me falle la burra. Yo estoy ya deseando de salir y ver qué tal va.

Mi intención es rodar con el grupo y utilizar la asistencia sólo y exclusivamente cuando me haga falta. En el llano no la pondré, nada más en las cuestas arriba y en el nivel mínimo necesario. De esa forma conseguiré entrenarme y recuperar la forma, pero sin sufrir más de lo necesario y los compañeros no tendrán que esperarme. ¿Será posible? ¿Me habré equivocado con mi decisión de electrificarme? Hoy lo sabría.

Arrancamos. Comienza la ruta. ¿Cómo irá?, ¿conseguiré rodar como había planeado?, no lo sé. Pero eso lo veremos en el próximo capítulo.

¡Hasta pronto sufridores de dos ruedas!

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